El día en que mi productividad ahogó mi comunión

tumblr_nbtgv5qWMS1tuv09uo1_500El 2014 no fue el mejor año de todos, pero sí ha sido el año en que más he aprendido y todavía lucho con poner en práctica todo lo que aprendí. (Creo que no estoy sola en esto, ¿no?) Pero de todas las enseñanzas recibidas, una de las más valiosas la recibí el día después de Navidad. Me regalaron muchas cosas… Hasta una tostadora (risas). ¡Sí, una tostadora!, la cual utilizo todos los día (risas). Pero no podían faltar los libros, porque aquellos que me conocen saben que todo regalo está incompleto sin un buen libro. Aún así, no esperaba que me regalaran libros, pero ¡sí lo hicieron! (Yes! Tiempo de mi “happy dance”). De los dos libros que me regalaron ya leí uno, titulado Lunes con mi viejo pastor, de José Luis Navajo. Podría describir mi experiencia de lectura como refrescante. Para mis amigos académicos, este no es ese tipo de libro (lo sé), pero es uno de esos libros sinceros llenos de palabras que brotan de la verdad bíblica. Hay veces que eso es todo lo que hace falta… Sobretodo cuando te sientes… En palabras del autor:

¿Defraudado?

No, para nada.

¿Desencantado?

Tampoco.

¿Cansado?

Sí. Eso debe ser… o algo parecido.

[…] Estaba desanimado. Definitiva y absolutamente desanimado.

La única diferencia entre el autor y yo (en este punto del libro) es que yo sí me sentía defraudada y desencantada. Defraudada; desencantada; cansada… más bien extenuada; desanimada… definitiva y absolutamente desanimada. En mi lectura llegué a un pequeño párrafo que iniciaba con una pregunta que en mi mente había sido una afirmación por muchos meses…

¿Había perdido la fe? No estaba seguro, pero desde luego que había perdido el amor, y no me quedaba tampoco mucho del deseo con el que inicié la carrera. Cuando abordé el barco del servicio a Dios lo hice lleno de proyectos e ilusiones.

Ahora ese barco estaba en aguas turbulentas y en la hora más oscura. Pensaba que había perdido mi fe.

Son múltiples las razones por las cuales llegué a este punto… internas y externas, pero sólo mencionaré una.

Razón: Una agenda llena de tareas que completar para la obra de Dios (y para cosas triviales que no tenían nada que ver con lo importante), sin espacio para pasar tiempo con el Dios de la obra.

En palabras del autor:

Tan ocupado estaba en servirle que no me quedaba tiempo para hablarle.

Y realmente en mi caso no era una cuestión de falta de tiempo. Era más bien vagancia. Si dejas de pasar tiempo a solas con Dios llega un momento en que prescindes de él. Sabes cómo hacer las cosas, qué palabras decir, dominas los métodos, pero todo es vacío. Y esto aumenta cuando no hay predicación bíblica, ni disciplina bíblica, y la experiencia se pone sobre la Biblia en la comunidad de fe. En situaciones así el peligro es inminente. Si nuestro tiempo devocional se resume en:

La lectura de un salmo y una oración rutinaria, orientada más a acallar mi conciencia que a conectarme con Dios…

Eso es una bandera roja. Debemos incomodarnos, preguntémonos:

¿Cuánto tiempo dedicas a la oración?

Y ahí fue donde aprendí que:

Dios no está enfocado en nuestra productividad, sino en nuestra vida. Ama la comunión mucho más que la producción… Dios mira con más agrado las manos limpias que las llenas… Dios ama la comunión mucho más que la producción.

Y ahí está todo. Muchas veces nos enfocamos (sobretodo cuando tenemos posiciones o cargos) en lo que hay que hacer y dejamos de pasar tiempo con Aquél con quien trabajamos.

Tienes dos opciones: Servir al Señor o trabajar en la iglesia. No es lo mismo, ni siquiera es parecido.

Así que decidí recientemente no trabajar en la iglesia… Quiero servir al Señor y para esto sólo una cosa es necesaria:

Sentarnos a los pies de Cristo [cada día], y luego contarle al mundo lo que hemos visto.

Recordemos: Nuestra productividad puede ahogar nuestra comunión, pero sólo la comunión nos hará realmente productivos.

-Juliany

3 comentarios sobre “El día en que mi productividad ahogó mi comunión

  1. ¡Interesante!

    Deberías escribir una columna en el Nuevo Día o cualquier otro circular de PR. El título, “El día en que mi productividad ahogó mi comunión”, esta muy bien dirigido. Me llamó mucho la atención. No tengo duda que todos hemos pasado y/o estamos pasando por ese proceso.

    El quehacer académico nos consume muchas energías. Tratar de buscar nuestra comunión con Dios suele ser difícil. Incluso, cuando estamos en un campo como el nuestro, “la Teología”. A menudo nos imaginan con la “sotana”, la Biblia y la “Cruz” rezando todo el día. Creado, de esta manera, una serie de estereotipos lejos (en ocasiones) de nuestra realidad ministerial, seminarista y teológica. La presión, tanto, de los profesores, los estudios, como de quienes nos rodean contribuye a esa “productividad” que ahoga nuestra comunión. Es irónico tener que pensar que estamos ahogados en medio de nuestra productividad. No sólo con Dios sino también con nuestra familia. Haciendo más difícil la comunión familiar (nota: entre Princeton y Ponce existe una distancia de más de 1,700 millas; esto sí se construye una carretera directa). De esta manera, instó a quienes siguen siendo productivos a que no pierdan la comunión familiar. La distancia no debe desconectarnos de nuestros seres queridos. En mi caso, invierto mi tiempo libre en una llamada telefónica (todos los días) a mi querida abuela y una siesta que tanto me hace falta (LOL).

    Por otra parte, siguiendo la linea de pensamiento. Estoy muy acuerdo cuando dices: “Esto no es cuestión de falta de tiempo”, pues el poco tiempo que tenemos libre tratamos de usarlo para nosotros; aunque suene un poco egoísta de nuestra parte. Es una realidad. Tu manera de cerrar este blog, “sólo la comunión nos hará realmente productivos”, motiva a el/la lector/a a seguir continuado su carrera (cualquiera que sea).

    Gracias por tales elocuentes palabras, las cuales, llegan de aliento en medio de esta “va y ven” académico.

    Bendiciones!

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