Los muertos no invitan

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Imagínese la siguiente escena: usted… muerto. Bueno, ésta es su realidad si no ha venido a Cristo y ésta es su realidad si lleva años en la Iglesia pero nunca se ha arrepentido al entender la bajeza de nuestra condición y la gloria de la Cruz. Si ha rendido su vida a Cristo y ha abrazado la Escritura, usted estará de acuerdo conmigo en que ésta era su realidad antes de venir a Cristo… Y la mía. En las palabras del apóstol Pablo:

“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados…”

-Efesios 2:1

Ahora bien, entonces ¿cómo un muerto “invita a Cristo a su corazón”? ¿Cómo es posible que un cadáver invite a alguien a resucitarlo? La realidad es que no es posible. En las palabras del pastor David Platt en su libro Sígueme:

“El cristianismo no radica en que nosotros busquemos a Cristo, sino en que él nos busca a nosotros. El cristianismo no comienza con una invitación que nosotros le hacemos a Jesús, sino con una invitación que Jesús nos hace a nosotros.” (pág. 31)

Dios nos creó sin pecado (Ecl. 7:29), con libre elección, y el hombre eligió en contra de su Creador. Se volvió esclavo del pecado. En las palabras de Agustín:

“Despreció el hombre el mandato de Dios, que lo había creado, lo había hecho a su imagen y le había encomendado los restantes animales; lo había colocado en el paraíso y le había suministrado abundancia de todas las cosas y de salud; le había impuesto también preceptos, no muchos, ni grandes, ni difíciles, añadiendo uno brevísimo y ligerísimo, con que garantizar una saludable obediencia; por él recordaba a la criatura, a quien también cuadraba una libre servidumbre, que él era el Señor. Siguió a esto una justa condenación, de tal alcance que el hombre que, cumpliendo el mandato, había de ser espiritual incluso en la carne, quedaba convertido en carnal incluso en el espíritu; y como se había complacido en sí mismo con su soberbia, fue entregado a sí mismo por la justicia de Dios. No precisamente para ser dueño de sí mismo, sino para que, en desacuerdo consigo mismo, arrastrara, subyugado a aquel con quien estuvo de acuerdo al pecar, una esclavitud dura y miserable en lugar de la libertad que había apetecido; muerto voluntariamente en el espíritu, condenado a morir involuntariamente en el cuerpo; desertor de la vida eterna, condenado también con la muerte eterna, si no hubiera gracia que lo librara.[1]

Entonces en la más terrible oscuridad, nos visitó desde el cielo el Sol Naciente y la Palabra dio vida a lo inútil, infructuoso, y muerto. Cuando huíamos de Dios, Él nos encontró. Cuando éramos aún enemigos, Él nos amó. Cuando éramos esclavos, Él nos libertó. Ésto es gracia.

Todo el Antiguo Testamento muestra lo incapaces que somos de librarnos a nosotros mismos del pecado. ¡Oh, pero que gloriosa es la Cruz! ¡Que hermosa es la tumba vacía! ¡Cuan grande es pensar que el Dios omnipotente, creador de los cielos y la tierra, me amó no por quién yo soy, sino a pesar de lo que soy!

“En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.”

– 1 Juan 4:9-10

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros… Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.”

– Romanos 5:8,10

¡Sola Gratia! Volvamos a lo básico. Ciertamente, los muertos no invitan.


[1] Moriones, Francisco. Teología de San Agustín.

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